Aprendiendo

Siempre me ha gustado aprender, desde que era pequeñita y todo tipo de cosas. Si mi madre cocinaba yo me pegaba a sus faldas para que me enseñase lo que estaba haciendo, si mi padre arreglaba una bicicleta, yo quería hacerlo también. Son pocos los aspectos de la vida que no me han interesado.

La pasión por el deporte nació conmigo, y ya con 12 años decía a todos que de mayor quería ser profesora de "gimnasia", que se decía por aquella época. Doce años después ese sueño se hizo realidad y me saqué las oposiciones en la especialidad de Educación Física. Ya entonces estaba matriculada en la Escuela de Idiomas en inglés pero reconozco que el motivo principal era el conseguir puntos para el concurso de traslados. Sin embargo, poco tiempo después me matriculé en francés, y estudié de primero a sexto, y luego llegó el italiano, el cual he estudiado durante cinco años.

Durante todo este tiempo, la pregunta que más veces me han hecho ha sido esta: "¿para qué estudias francés/italiano, si no te sirve para nada?" Yo contestaba siempre que lo hacía porque me gustaba, y así me ahorraba el tener que dar una respuesta más larga.

Pero la realidad es que para mí los idiomas son mucho más que gramática y vocabulario. Me han hecho aproximarme a culturas aparentemente tan parecidas a la mía, que han resultado ser una caja de sorpresas, pero lo más importante, es que me han hecho aproximarme a personas que ahora son fundamentales en mi vida.

Los idiomas me han dado grandes amigos, me han regalado viajes inolvidables. Todavía recuerdo mi primera clase de italiano, en la que mi profesora nos habló de Ischia. Yo no sabía ni siquiera dónde estaba, por lo que decidí conocerla. Así fue como Ischia me llevó a Capri, Capri a la costa Amalfitana, la costa Amalfitana a Sicilia y Sicilia al maravilloso Salento, con su pizzica, sus taralli, sus polpette y sus frisa. 

En el Salento conocí a mi pareja, que vive en el norte, en la provincia de Treviso, y ahora paso mis vacaciones en los Dolomiti, Bassano del Grappa, Vicenza, Padova, Monte Grappa, Lago di Garda y todas las maravillas que se encuentran por allí.

Gracias al francés me apasioné por el cine. En Málaga tenemos la suerte de tener un cine en el centro donde ponen todas las películas en versión original y donde no faltan nunca películas francesas. 

En el instituto donde trabajo, la compañera de francés perdió a su marido después de una larga enfermedad y cayó en una depresión. Así que la otra compañera de francés, otra de inglés y yo, que por aquel entonces no éramos amigas, decidimos usar esa pasión común por el cine francés para tener la excusa de quedar con ella y ayudarla a salir de ese túnel.

Ahora estas compañeras son mis hermanas, con 35, 37, 52 y 61 años, y con vidas tan diferentes, nos hemos vuelto inseparables, y lo que empezó siendo una quedada para ir al cine y a cenar, nos llevó el año pasado a viajar a París y pasar unos días increíbles.

Podría dar mil razones más por las que estudiar idiomas me aporta tanto. Podría contar todas las veces que he estado enferma o triste, y una película, un libro o una canción en otro idioma, me ha hecho esa enfermedad o esa tristeza mucho más llevadera. Pero creo que con lo que he dicho ya, es suficiente.
Creo que, para estudiar idiomas, y como diría Sabina, me sobran los motivos.

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